Marzo 17, 2019

Internet: los beneficios de la desconexión

Internet: los beneficios de la desconexión

Mélusine Martin, Sorbonne Université

Mis ojos se abren y contemplan las palmeras sobre fondo azul que resplandecen bajo el deslumbrante sol australiano. Es un día precioso que comienza apaciblemente. De forma instintiva, tanteo con las manos la mesita de noche buscando el smartphone para consultar mis mensajes pendientes. Todavía no me he levantado, y el mundo ya me requiere. Noto una tensión difusa que se extiende por mi pecho, baja por mis brazos y llega a las yemas de mis dedos, que toquetean la pantalla. En una fracción de segundo, el día ha pasado a adoptar el ritmo numérico. He dejado el presente para adentrarme en un mundo virtual.

Es un hecho: cada vez pasamos más tiempo en Internet. Y, de forma paralela, cada vez hay más personas que intentan desconectarse. Aunque aprecian las ventajas que ofrecen las tecnologías, desean establecer límites con el fin de no estar constantemente disponibles. Pero ¿a qué se debe este deseo de desconectarse de Internet? La comunidad científica señala tres razones principales: pasar tiempo en línea disminuye nuestra productividad, es adictivo y perjudica la salud.

Menor productividad

Tengo que escribir un artículo científico con motivo de una conferencia sobre el calentamiento climático. Es hora de que empiece. Me pongo delante del ordenador. Creo un documento de Word. Selecciono los estudios científicos. Tengo una pila de libros a mi derecha, una infusión de ortigas a mi izquierda, y una hora por delante para trabajar en el artículo.

Multitasking, ¿lo conoces?
Obra de la autora

Inevitablemente, estoy conectada a Internet para comprobar mis fuentes y pulir mis argumentos. Inevitablemente, recibo entre uno y cinco correos electrónicos a los que no respondo, pero que me desconcentran. El teléfono vibra, el ordenador lanza notificaciones y la tableta me envía anuncios. Para controlar esta subida inesperada de cortisol, trato de calmarme mirando fotos en Instagram, un vídeo en YouTube y varias entradas de un blog. Al final, he perdido 20 minutos.

¿Les resulta familiar esta escena? Según un estudio llevado a cabo por Microsoft, la capacidad de concentración del ser humano ha pasado de 12 a 8 segundos en diez años. ¿La causa? La omnipresencia de las pantallas. Un estudio de la Universidad de California en Irvine revela que trabajar mientras se es interrumpido constantemente aumenta el nivel de estrés, pues tenemos tendencia a trabajar más deprisa para recuperar el tiempo perdido. Hoy, una de cada cuatro personas consulta su smartphone cada 30 minutos, y el 25% de los millennials lo mira más de cien veces al día. Estos comportamientos afectan a nuestra productividad y aumentan nuestro nivel de estrés.

Internet es adictivo

Es posible que hayan llegado a sus oídos expresiones como FOMO (fear of missing out o miedo a perderse algo), digital detox (desintoxicación digital) o slow technology (filosofía de la desconexión). La sociedad posindustrial está remodelando sus fundamentos en torno al mundo digital. Utilizamos lo digital para todo, todo el tiempo: para trabajar, comunicarnos con las personas de nuestro entorno, hacer la compra, realizar operaciones bancarias, preparar las próximas vacaciones u ocuparnos de los deberes de los hijos.

La ciberadicción, un mal cada vez más común.

Lo que, en un principio, se concebía como una herramienta se está convirtiendo en una obsesión. ¿Pierde usted la noción del tiempo cuando navega por Internet? ¿No puede evitar mirar su smartphone cuando vibra? ¿Le entra pánico cuando olvida el teléfono en casa? Es posible que esté usted enganchado al mundo digital. En Estados Unidos y en Europa se han llevado a cabo estudios que indican que el 38% de la población mundial sufre un trastorno de adicción a Internet, también denominado ciberadicción. Una de las causas que se señalan para explicar esta dependencia es una alteración física del cerebro a nivel estructural. El uso de Internet afecta a algunas partes del cerebro prefrontal asociadas al recuerdo de detalles y a la capacidad de planificar y jerarquizar las tareas, lo que nos incapacita para establecer prioridades en nuestra vida. La consecuencia es que pasar tiempo en línea se vuelve prioritario, y los quehaceres de la vida cotidiana ocupan un segundo plano.

Internet perjudica la salud

Una de las preguntas que planteo a menudo a los participantes en un estudio realizado para mi tesis sobre la relación del ser humano con la naturaleza en la era digital es: “¿Cómo se siente después de pasar una hora o más delante de la pantalla?”. Todavía estoy esperando encontrar a la persona que me responda que se siente mejor. En general, las respuestas van de “cansado” a “vacío”.

Nos enfrentamos a una sobrecarga de información a diario.

Hay estudios que demuestran la existencia de una fuerte correlación entre depresión y tiempo conectado. En Internet, tratamos de establecer una relación con el otro y con el mundo. Nos conectamos con los demás, pero nos conectamos mal. La doctora Hilarie Cash considera que el elemento que falta es la resonancia límbica, que solo puede producirse cuando dos seres están en presencia física uno del otro. La resonancia límbica es un intercambio energético que libera, en la parte límbica del cerebro, componentes químicos esenciales para el bienestar físico y emocional. Según Cash, cuanto más tiempo pasamos en línea para conectarnos con los demás, más nos deprimimos. Tal vez haya llegado el momento de revisar nuestras prioridades y dejar de abdicar nuestro poder en ese rectángulo de polímero que es el smartphone.

Adopte la slow technology

Ahora, cuando me siento desbordada por la reclamación constante e imprevisible de mi conexión wifi, justo antes de agobiarme, me desconecto. El movimiento en favor de la slow technology (filosofía de la desconexión) responde precisamente a la necesidad de adoptar un enfoque racional de nuestro consumo digital. Cada vez más profesionales proponen retiros de digital detox (desintoxicación digital), consistentes en hacer una escapada a la naturaleza y dejar el móvil apagado. Hay trucos y consejos que se pueden poner en práctica desde ya para restablecer un equilibrio en nuestra relación con el mundo numérico, y también para recuperar el bienestar físico y mental.

¿Y si adoptamos la slow technology?
Obra de la autora

Estas son algunas soluciones slow tech sencillas que se pueden adoptar:

 

    • Coloque en la mesita de noche su viejo despertador de pilas. Deje de usar el móvil como despertador y acuérdese de mantenerlo fuera del dormitorio.

 

    • Practique un ayuno digital alterno. Se trata de tomar conciencia del tiempo que pasamos pegados a la pantalla y reducirlo: no mirar el smartphone ni el ordenador después de las siete de la tarde o desconectarnos por completo un día a la semana (podría ser el domingo); por ejemplo, puede consultar el correo electrónico el sábado por la tarde antes de las siete y no volver a mirarlo hasta el domingo por la tarde, a las siete.

 

    • Haga ejercicio. Por lo general, el tiempo que pasamos delante de una pantalla es tiempo en el que permanecemos inmóviles. Decídase a ir en contra de esta tendencia estática y ofrezca a su cuerpo y su mente los beneficios antidepresivos que aporta la actividad física.

 

    • Pase tiempo en la naturaleza. Numerosos estudios muestran que la naturaleza ejerce un efecto calmante en el sistema nervioso, refuerza el sistema inmunitario, contribuye a bajar la tensión arterial e incluso refuerza la capacidad visual, que se ve sobrecargada cuando pasamos demasiado tiempo mirando una pantalla.

 

La jardinería, incluso en un balcón, facilita pensar en una misma.
Obra de la autora

 

    • Busque ayuda para adoptar este planteamiento que contradice la tendencia general de exceso de consumo y conexión. No, no está solo. Y sí, hay otras formas de vivir. Puede participar en actividades de grupo que le permitan volver a centrarse en sus sentidos y sus sentimientos. Por ejemplo, puede aprender a tocar un instrumento de música, tallar madera o practicar jardinería aunque viva en una ciudad, entre otras muchas actividades.

 

Todavía retengo el sabor de eternidad y la impresión de lentitud que aportaba el aburrimiento relajante de los días de mi vida anterior a Internet. No olvido que se puede vivir sin Internet aunque el mundo nos imponga la necesidad de permanecer conectados a la Red. Me preocupo cuando veo niños y niñas de tres años manejando una tableta incluso antes de saber escribir; niños y niñas que, dado que la humanidad se transforma presa de fuerzas que son superiores a ella y que determinan su forma de avanzar hacia el progreso, no conocerán una vida sin Internet. Y es que no hay marcha atrás. Y usted, ¿qué opina? ¿Cómo lleva su relación con el mundo tecnológico? Deje un comentario más abajo y sigamos esta conversación.The Conversation

Mélusine Martin, PhD Candidate – Histoire et Dynamique des Espaces Anglophones, HDEA (Paris IV) and Environmental Sociology (James Cook University), Sorbonne Université

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

 

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