Mayo 15, 2019

Garrapatas: cien millones de años chupando sangre

Garrapatas: cien millones de años chupando sangre

Un reciente artículo ha puesto de manifiesto la estrecha relación que existe entre las garrapatas y los humanos. Se han encontrado fósiles de homínidos en Europa y diversos lugares de Asia y África, procedentes del Mioceno, hace unos veinte millones de años (ma).

Figura 1. Reconstrucción del hábitat de Deinocroton draculi en un dinosaurio emplumado inmaduro. La reconstrucción muestra dos machos no cargados (a la izquierda) y una hembra alimentándose (a la derecha). La longitud del cuerpo masculino es de unos 3,9 mm. Los colores de las garrapatas son ficticios, pero se basan en la coloración que se observa en las garrapatas actuales.

Las pisadas de unos animales enormes y terribles, los dinosaurios, atronaron la Tierra durante millones de años mientras vagaban por los densos bosques tropicales del Mesozoico. Es una historia que la mayoría de los niños aprenden en la escuela. Escondidos entre los herbazales pululaban también unos animales minúsculos y peludos -los primeros mamíferos- que se alimentaban de insectos.

Así estaban las cosas hace unos 65 ma cuando a partir del Cretácico superior, y más exactamente el momento conocido como K-Pg, se produjo la extinción en masa de los dinosaurios. Al mismo tiempo, aves y mamíferos comenzaron una imparable diversificación por todas las tierras emergidas.

Con la desaparición de los dinosaurios quedaron muchos nichos ecológicos disponibles en el planeta. Aves y mamíferos los aprovecharon. Los descendientes de un grupo de dinosaurios emplumados o aviares evolucionaron para originar las aves modernas. El biólogo Thomas Henry Huxley lo tenía muy claro cuando en 1870 presentó un célebre informe en que sostenía que Archaeopteryx, un fósil colocado entre las aves, no era más que un dinosaurio con plumas y que las aves como grupo evolucionaron a partir de unos pequeños dinosaurios terópodos que vivieron desde el Triásico superior hasta el Cretácico superior (hace aproximadamente entre 228 y 65 ma).

Aunque los terópodos se extinguieron como grupo a finales del Cretácico, algunas de sus características básicas han pervivido hasta nuestros días bajo la forma de las aves modernas, sus directos descendientes.

Compartiendo parásitos

Los dinosaurios ya no son solo aquellos animales con piel de lagarto y aspecto terrible de los que sólo quedan huesos y dientes que nuestra imaginación se ha encargado de rellenar con gran éxito de público. Las investigaciones llevadas a cabo en los últimos años han cambiado la imagen por completo. Ahora sabemos que muchos de ellos tenían el cuerpo cubierto de plumas, que empollaban amorosamente sus huevos en nidos y compartían, como muchas criaturas actuales, enfermedades y parásitos.

Figura 2. (a) Una garrapata Cornupalpatum burmanicum anclada en una pluma. Barra de escala, 5 mm. (b) Detalle de una ninfa de garrapata en vista dorsal anclada en las barbas de la pluma (a). Barra de escala, 1 mm. (c) Detalle del capítulo succionador de la garrapata mostrando palpos e hipostoma con dientes (flecha). Barra de escala, 0,1 mm. (d) Detalle de una barba. Barra de escala, 0,2 mm. (e) Dibujo de una garrapata en vista dorsal indicando el punto de anclaje. Barra de escala, 0,2 mm. (f) Bárbula de la pluma separada mostrando ganchos en uno de sus lados (la flecha de (a) indica su localización, pero en la cara opuesta de la pieza de ámbar). Barra de escala, 0,2 mm.

Esto último lo sabemos, entre otras cosas, por las huellas dejadas por plumas que quedaron atrapadas en ámbar. El ámbar es en realidad resina que exudan ciertos árboles al recibir una herida en su corteza. Ciertos animales pequeños, plumas, pedazos de madera y otros cuerpos quedan adheridos a ella y pueden quedar encerrados en su interior, confinados en una especie de sarcófago natural.

Con el tiempo, la resina fosiliza y se conserva en depósitos minerales, que han llegado hasta nosotros muchos millones de años después.

Gracias a un artículo publicado en la revista Nature Communications, sabemos que las garrapatas se alimentaban de la sangre de los animales que entonces dominaban la Tierra: los dinosaurios.

Sí, a los dinosaurios no sólo le chupaban la sangre los mosquitos, como nos contaron en Parque Jurásico, sino que también tenían otros parásitos. Entre ellos, las garrapatas.

La investigación se centró en unas piezas de ámbar, de casi 100 ma, que encierran en su interior un tesoro: una pluma de dinosaurio con una garrapata aferrada a ella. Las muestras proceden de los yacimientos de ámbar del periodo Cretácico de Myanmar, donde fueron recogidas, pulidas por vendedores locales y adquiridas por un coleccionista estadounidense que las donó para su estudio.

La pieza más importante del conjunto, que se puede ver en la Figura 2, contiene una pluma a la que hay adherida una garrapata (Cornupalpatum burmanicum) con una pata enganchada a una de las barbas.

Una segunda pieza de ámbar muestra a dos garrapatas a las que los investigadores, influidos por el vampiro creado por Bram Stocker, denominaron Deinocroton draculi. Adheridos a sus cuerpos, las garrapatas fosilizadas presentan unos pelillos que han sido identificados como pertenecientes a larvas de un escarabajo derméstido, cuyos parientes actuales suelen vivir en los nidos de las aves y mamíferos alimentándose de plumas o pelos.

Este descubrimiento ha llevado a los investigadores a sugerir que ambos tipos de parásitos, garrapatas y escarabajos, convivían en los nidos de los dinosaurios emplumados.

Una tercera garrapata fue atrapada en el ámbar después de haber succionado una gran cantidad de sangre, por lo que su cuerpo estaba hinchado. Desgraciadamente, una parte del cuerpo no fue cubierto por el ámbar y el contenido interior quedó expuesto a los minerales del terreno.

Si estaban pensando en aprovechar la sangre para recrear un nuevo Parque Jurásico, olvídenlo: debido al proceso de momificación que sufren los especímenes al quedar atrapados en ámbar, habría sido poco probable que se hubiera podido extraer muestras de material genético del huésped al que le succionó la sangre.The Conversation

Manuel Peinado Lorca, Catedrático de Universidad. Departamento de Ciencias de la Vida. Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos, Universidad de Alcalá

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original. Foto: Shutterstock

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