Mayo 24, 2023

El bruxismo ya no es lo que era (e incluso podría revelarse como un aliado)

Apretar o rechinar los dientes es un comportamiento muy extendido que se ha disparado en los últimos años. Y aunque acarrea problemas, algunos estudios también apuntan a que el bruxismo puede ser un mecanismo de escape al estrés o protegernos frente a ciertas patologías.

El bruxismo ya no es lo que era (e incluso podría revelarse como un aliado)

Según el Consejo de Dentistas de España, el bruxismo es el diagnóstico odontológico que más ha aumentado desde la pandemia, llegando casi a cuadruplicarse: su incidencia entre la población ha pasado del 6 % al 23 %.

Estemos o no afectados, todos sabemos lo que supone básicamente esta conducta –apretar o rechinar los dientes–, pero en los últimos años el concepto ha cambiado y ahora se clasifica en dos entidades bien diferenciadas: el bruxismo del sueño y el bruxismo de vigilia. Y se pueden abordar como dos fenómenos independientes, aunque a veces aparezcan de forma conjunta.

Mientras que el primero surge de forma involuntaria mientras dormimos, el segundo se manifiesta cuando estamos despiertos. En este último caso, la persona puede ser consciente del comportamiento y, por consiguiente, ponerle fin.

Dos fenómenos distintos

Actualmente, el bruxismo del sueño se define como “una actividad de la musculatura masticatoria rítmica o no rítmica que no es un trastorno del movimiento o del sueño en individuos sanos”. Y el de vigilia como “una actividad de la musculatura masticatoria durante la vigilia caracterizada por el contacto dental sostenido o repetitivo o por tensión o empuje de la mandíbula”. Que tampoco es un trastorno del movimiento en individuos sanos.

En otras palabras, a lo que popularmente consideramos apretar/rechinar los dientes cuando dormimos (ya sea de noche o de día) le llamaríamos bruxismo de sueño, mientras que la tensión en la mandíbula, contacto dental o apretamiento cuando estamos despiertos sería bruxismo de vigilia.

Aunque las dos definiciones parece que aluden a conductas muy similares, su etiología, función y manera de abordarlas son distintas.

En algunos contextos clínicos, ambas modalidades pueden considerarse un factor de riesgo o un signo de una enfermedad subyacente. Por ejemplo, dolores de cabeza (cefaleas y migrañas) o trastornos temporomandibulares, los que afectan a la articulación de la mandíbula y los músculos que controlan su movimiento. Y siempre cabe la posibilidad de que acarreen consecuencias negativas: pueden producir desgaste y fracturas dentales, así como dolor muscular o articular.

¿Y si fuera beneficioso?

De cualquier forma, las investigaciones actuales implican otra modificación importante en la concepción del bruxismo: ya no se considera una patología, sino una simple una actividad motora. Es decir, no tiene por qué ser perjudicial en sí mismo.

En primer lugar, un estudio de 2020 concluyó que el bruxismo de vigilia podría constituir un mecanismo de escape al estrés. Y en segundo lugar, el que se produce mientras dormimos parece estar relacionado con el reflujo gástrico y la apnea obstructiva de sueño (pausas respiratorias durante el descanso nocturno). Algunos autores proponen que podría ejercer un papel protector frente a los efectos de ambos trastornos.

El factor psicológico

En cuanto a la etiología u origen de este comportamiento, aún no esta del todo claro, pero se han identificado factores de riesgo como el alcohol, la nicotina, las drogas recreativas, la cafeína, algunos fármacos, la ansiedad o el estrés. Parece que la tensión emocional desempeña un papel importante, sobre todo, en el bruxismo de vigilia. De hecho, se considera el principal desencadenante.

En esta línea, un estudio reciente llevado a cabo por investigadores de la Facultad de Odontología de la Universidad Complutense de Madrid ha comparado muestras de participantes antes, durante y después de la pandemia del covid-19. Según sus conclusiones, el bruxismo del sueño y de vigilia podrían verse influidos por distintos estados de ansiedad: mientras que el primero se relacionaría con el estrés pasivo –asociado a la preocupación o indefensión–, el de vigilia parece vincularse en mayor medida a la actividad diurna inmediata.

Este mismo equipo encontró en un trabajo previo que los bruxistas que contemplaban vídeos negativos estresantes y con escenas de dolor presentaban mayor tensión muscular que los participantes no bruxistas. Esta relación apoya la vinculación del estrés más inmediato y cotidiano con el bruxismo de vigilia.

Técnicas de prevención

Por tanto, y aunque el bruxismo de vigilia puede constituir un mecanismo de escape al estrés, se puede prevenir aprendiendo a detectar el hábito –con el objeto de reducir la tensión muscular– y, después, disminuyendo los niveles de estrés mediante técnicas de relajación y de afrontamiento.

Quizá por todo ello, uno de los tratamientos más efectivos es el llamado biofeedback. Consiste en que los pacientes aprendan a identificar y a reducir la tensión muscular adoptando una postura de reposo mandibular gracias a la utilización de un electromiógrafo, aparato que mide la actividad eléctrica de los músculos.

Muchas personas ignoran que para que la mandíbula esté relajada y en reposo no debe haber contacto dental, tal y como se deduce de la definición más arriba descrita. El mero hecho de ser consciente de ello e intentar corregirlo reduce la incidencia del bruxismo.

Recientemente se han desarrollado aplicaciones móviles para alcanzar esos dos objetivos. Sin embargo, no suelen estar suficientemente optimizadas y resultan tediosas.

Quizá la forma más sencilla de detectar que apretamos los dientes es poner post-it en lugares visibles (pantalla del ordenador, espejo, etc.) que nos lo recuerden. Y dado que el estrés está presente de forma crónica en nuestra vida, realizar habitualmente técnicas de relajación y control de esa tensión, aquellas que menos nos cueste hacer.The Conversation

Laura Jiménez Ortega, Profesora del Departamento de Psicobiología y Metodología en Ciencias del Comportamiento, Universidad Complutense de Madrid; Eva Willaert Jiménez-Pajarero, Profesora asociada de Prótesis y Disfunción Craneomandibular, Universitat de Barcelona y María García González, Profesora de Odontología, Universidad Europea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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