Octubre 01, 2018

Cómo reconocer el comportamiento pasivo-agresivo si convives con un lobo disfrazado de cordero

Cómo reconocer el comportamiento pasivo-agresivo si convives con un lobo disfrazado de cordero

Por Daniel Colombo |

Existen en todos los ámbitos; están agazapados detrás de una actitud que promueve la paz y la concordia en las relaciones, y, sin embargo, se relacionan contigo en formas indignas, violentas casi sin inmutarse, y utilizando toda una retahíla de expresiones que parecen sacadas de un maestro pacifista ascendido.

¿Conoces personas así? Suelen ser lobos disfrazados de corderos y su estrategia es la agresión silenciosa.

Todos tenemos nuestras cosas, carácter, temperamento y personalidad al relacionarnos. Sin embargo, hay ciertos vínculos tóxicos donde predomina el comportamiento pasivo-agresivo de la otra parte. O incluso, de ti mismo hacia la otra persona.

El comportamiento pasivo-agresivo es la inhabilidad de expresar las emociones en forma equilibrada y saludable. La agresividad se disfraza de falsa armonía, y todo lo que se hace, hiere profundamente a la otra parte, y la hace sentir infeliz, sufriente y juzgada permanentemente.

Particularmente este rasgo humano conlleva que, en su pasividad, se esfuerce en no demostrar su agresividad en forma manifiesta, sino silenciosa y dañina.

Como no sabe expresar la ira o el enojo en formas conducentes, usa estrategias armadas como hilos invisibles para desarrollar ese puente de hostilidad, que busca aniquilar a otra persona.

No hay víctima sin victimario; y quien procede con un comportamiento pasivo-agresivo utiliza eso a su favor, intentando destruir al otro, disfrazado de ondas de amor y paz.

Claro que la víctima de un pasivo-agresivo tiene que tener algunas condiciones de personalidad aptas para sentir ese impacto; usualmente, son personas que establecen vínculos donde ceden el poder en todo o en parte en un proyecto aunque no estén de acuerdo; se callan y no expresan lo que sienten con total claridad; se someten a escuchar calmadamente (solo por afuera; por adentro, hierven) todo tipo de comentarios y críticas negativas acerca de su desempeño o su forma de ser; o aceptan reglas de juego de cualquier situación, incluso cuando saben que, a la larga, las padecerán.

Algunos ejemplos

–       Armas un plan con tu pareja; faltan minutos para salir, y el otro se demora demasiado, haciendo que pierdas los estribos.

–       Compartes un proyecto con alguien y permanentemente tu colega se aprovecha de todo tu conocimiento; o te explota en las formas más viles que puedas imaginarte.

–       Tienes un gran logro profesional. El pasivo-agresivo odia esto, porque se compara y se siente inferior en algún grado. Aquí obviará todo tipo de felicitación o acompañamiento, e incluso podría llegar a cuestionar tu capacidad productiva para llevar adelante tus sueños y anhelos.

–       Te piden algo y exigen que les respondas de inmediato. Ahora, cuando tú solicitas algo a esta misma persona, se demora adrede, sabiendo que tu velocidad de respuesta es mayor que la de ellos, y que eso te exaspera.

–       Te dan un premio, un aumento de salario, ganas un proyecto muy especial, y el otro se silencia tanto que puede decirte cosas como “se me pasó por alto”, “el tráfico estaba muy complicado”, “tuve gripe y olvidé avisarte que no podría acompañarte”. Todo para que sufras.

–       Evitan mantener conversaciones cara a cara contigo, y las reemplazan por mails, reportes, llamadas telefónicas y mensajes instantáneos; porque odian perder el control sobre las cosas. Es más: suelen devolverte todos los problemas, y hacerse cargo sólo de los logros.

–       Edulcoran todas las comunicaciones hasta el punto de intoxicarte con tanta dulzura innecesaria. Si observas, en el medio lanzan sus dardos sin ningún tipo de miramientos, en su afán de controlarte y de hacerte saber que “te tienen en la mira”.

El origen del comportamiento pasivo-agresivo

Para la psicología, este comportamiento se origina en un conflicto en la persona que le impide resolver las cosas en forma adecuada. Lo que le surge como primera opción es molestar a la otra persona, y, a la vez, suelen ser muy cómodos y perezosos: ni siquiera hacen su parte de proyectos en común en tiempo y forma.

Es frecuente que un pasivo-agresivo ponga reglas, pero no las cumpla. O que exija a los demás lo que él o ella no están dispuestos a dar.

Como son revanchistas, esperan los momentos para seguir deteriorando las relaciones de tal forma que se torna casi imposible la convivencia en cualquier ámbito.

También son muy rebuscados en sus formas de comunicación. Hablan mucho, utilizan lenguaje intrincado para enhebrar su perversa vocación por someter al otro. No van al punto.

7 estrategias para afrontar situaciones con un pasivo-agresivo

1.     Ponerle límites. Fundamentalmente aprender a decir “no” reiteradamente, ya que este vínculo nocivo y tóxico se alimenta de la disponibilidad del otro.

2.     Estar atento a las señales. Esta conducta promueve que los sentimientos de enojo no se expresen como deberían. Algunas señales: resentimiento, reproches, querer que sientas culpa, sobrecargarte de responsabilidades y no querer hacer su parte; trabas de su parte en un proyecto, falta de aliento, palabras excesivamente edulcoradas, distancia física para no afrontar cara a cara las cosas.

3.     Querer tener tu lugar. No es sólo envidia, sino que el otro quiere hacerte sufrir; ni siquiera pretende asumir tu responsabilidad. Es una infructuosa lucha de poder, donde lo que más le gusta al otro (aunque jamás lo aceptará) es ver como sucumbes ante su manipulación emocional. Esto incluye llevarse el mérito de algo que lo le pertenece; o interferir en aspectos que tú llevas adelante, sólo para sobresalir y hacerte notar su presencia.

4.     Procurar identificar qué siente el otro. Todo lo que expresa o hace, por lo bajo, tiene un subtexto; por eso será muy útil que aprendas a leer lo no dicho en los gestos, palabras más frecuentes que utiliza, y hasta los emoticones en los mensajes.

5.     Esperar. Discutir e intentar que proceda de otra forma es tiempo perdido. Si tienes paciencia, puedes probar con hablar, sincerar lo que sientes no enjuiciando al otro (esto le dará más poder), sino expresando en primera persona del singular tu perspectiva con ejemplos tangibles y concreto. Aún así, prepárate, porque una persona pasiva-agresiva es poco probable que pueda intentar darte la razón, por más que te diga cosas como “todos actuamos en espejo, y si esto tanto te molesta en mí, seguramente hay algo de esto en ti”. ¿Te resulta familiar?

6.     Quita esta experiencia de tu plano personal. El dolor que tiene el otro es tan grande (por los motivos que sean, y tú no eres su psicoanalista para tener que comerte su basura), que deberás ponerte un buen impermeable para su huracán agresivo. Si puedes, haz que te resbale y apuesta a tu propia conveniencia.

7.     Si sufres demasiado, huye. No hay nada que compense esa experiencia.

Foto: Shutterstock

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